martes, 9 de julio de 2013

Las reglas de la atracción



                                                         Por Mr. Blue

Como un hábito más de la rutina es que me describo un inútil. Me costaba atarme los cordones cuando era chico, los amontonaba y parecía que mis zapatillas tenían encima uno de esos perros hechos con globos que hacen los payasos. Me avergüenza confesar que disfruto los Mediahora, que no sé usar el Photoshop, que sin darme cuenta prefiero intentar arrojar con fuerza tapitas al desague que donarlas a un hospital, que me cuesta abrir la leche de cartón casi tanto como a cualquiera le costaría abrir una caja fuerte bancaria, y que tampoco sé medir la fuerza a la hora de cerrar la puerta de un taxi. O lo hago demasiado suave y tengo que volver a cerrarla con una mirada juzgadora que me dice "Sos un mariquita y encima me hacés perder el tiempo". O lo hago demasiado fuerte y tengo que escucharlo insultándome y haciéndome cargo de la situación en la que se encuentra el país. ¿Pero por qué les estoy haciendo perder el tiempo leyendo ésto? Pues porque me dí cuenta que no sirvo en algo más: En atraer. Suena vago decir "atraer", pero me atrajo el verbo y lo puse.

No sé si quería atraer a alguien el viernes. Pero sí sé que no hubiera sido fácil en el caso de quererlo. O quizás si. O quizás no debería estar escribiendo esta frase porque es un sinsentido de mi subconsciente. Lo cierto es que la atracción, algo que debería ser natural, no me sirve. No tengo rumbo a la hora de seducir. Hablo y me pongo pavo. O soy demasiado cortés, tan cortés que permito pasar a otro hombre a que intente levantarse a la chica que me gusta. Dale, pasá tranquilo, parezco decirle, es toda tuya. O no quiero caer en clichés diciéndole "¿Venís mucho por acá?" o "Deberías ser modelo", y termino haciéndome el original con resultado frustrante, hablándole de cómo aumento el tequila o de que el barman se parece a cuasimodo. 
He dicho que es cambiar el chip. Para estas cosas, tenés que racionalizar como si fueras un winner,  como si tuvieras el cuerpo de esos fìsicoculturistas descerebrados que posan en la tapa de las revistas de Fitness que venden en las dietéticas, como si tuvieras la sonrisa de Tom Cruise en Vanilla Sky antes de sufrir el accidente que lo obliga a usar una mascara, como si tuvieras la plata que gana Maradona en Dubai y que ganará por años muchos, como si tuvieras la facilidad con la palabra que tiene Nagasawa en Tokyo Blues de Murakami. Pero yo he de pensar que soy un inútil, así que mi autoestima tiene el ojo izquierdo morado y el derecho con una basurita molesta.

"Usá el humor, con eso son tuyas" es una de las frases que más suelo escuchar. ¿De qué me sirve? ¿Me voy a acercar a una chica en un bar y le voy a decir "Escuchate este, que están un gallego, un yanqui y un francés en un avión..."? Puedo aseverar que es sólo un mito falso para ilusionar a los comediantes sin suerte. A su vez, debo confesar que toda esta situación me provoca una denigrante envidia. No tener pareja te lleva a ver hombres feos besando a chicas que uno podría anhelar, y pensar "Ojalá te esté metiendo los cuernos con tu hermano". Sí, está mal, pero lo pienso. Se me aparece en la cabeza. Y lo irónico resulta en que el hombre tiene menos la culpa de lo que creía. Las mujeres son el problema y la solución. Son como esas compañías de antivirus que crean virus para que compren su producto para que el usuario pueda matar el mismo virus que la compañía creó. O quizás sea el problema yo, que soy demasiado analista con esta mierda. Recuerdo que cuando iba al analista me mencionó eso: "Mr. Blue, sos demasiado analista con esta mierda". "Vos sos demasiado analista con esta mierda, doctor" respondí. Y me contestó "Sí, pero ese es mi trabajo". Y bueno, ahí me cagó.

Una cosa más: Entre nos, y aunque lo quiera ocultar porque crea que jamás debe ser el objetivo número uno, extraño el sexo. Uno se da cuenta de este extrañamiento cuando una película porno le resulta un drama melancólico que en lugar de excitarlo, le recuerda eventos y acciones que le sucedieron, pero que había olvidado que existían y que los había protagonizado. Ya no me masturbo con una porno. Lloro.

Haciendo un resumen abrupto... un mes estás cobrando bien, al otro te deben plata pero no te preocupas, y al siguiente te quedaste libre y no sabés qué hacer. Me parece que por ahí está la vida. Creo que necesito un representante.




viernes, 5 de julio de 2013

El beso de la mujer imaginaria.


Por Mrs. Pink
Algunas personas idealizamos determinadas señales al momento de la búsqueda del amor. A estas señales solemos adornarlas con moños del tamaño de un globo aerostático… Pero lo terrible del asunto es no ver más allá. Consideramos que la supuesta conquista está siendo efectiva, cuando ni siquiera hubo indicios como para determinar que alguna vez comenzó. Y aunque nos hayan rechazado abiertamente, como si fuéramos un pedazo de carne con un séquito de moscas del tamaño de unas pelotas de ping pong rondándonos los cabellos grasientos, creemos sentir el amor en el aire. Pero es mentira, sólo es una nueva fragancia de desodorante de ambiente que Poet lanzó al mercado. Este es un mecanismo de defensa que tiene nuestro cerebro para no provocar un corto circuito que colisione nuestro “sano” organismo, y no enterarnos de lo que realmente somos: SOMOS UN BAJÓN.
Estoy segurísima de que debe de haber unos cuantos/as narcisistas como yo, que sufren esta espantosa enfermedad, de la que más abajo hablaré, pero como no se dan cuenta lo pelota playeras que son, todavía están transitando esta espantosa ceguera. Voy a comentar lo que pasó la semana pasada, cuando muy infelizmente iba a rendir un examen. Permítanme entregarles una narración detallada y dulce de aquel día:
El lunes pasado repasaba en las escaleras externas a la facultad. Intentaba memorizar con esfuerzo unas fechas históricas que de todas maneras sabía que iba a olvidar al minuto y medio. Con una mirada fugaz localicé a “E” a la distancia, la chica de la facultad que me anestesia el corazón. Vi su pelo dorado centellear entre la multitud. Me morí. Mientras viajaba lentamente al paraíso, observé como “V”, su amigo gay, aparecía en el decorado y la abrazaba amistosamente. Al verlo, volví a pensar  en él, como el amigo gay que siempre quise tener y nunca encontré.
Caí a este mundo nuevamente: ellos dieron los primeros pasos hacia la escalera, y yo los seguí con mis colmillos expuestos, como una stalker en abstinencia de sangre de los colores del arco iris. “V”, muy caballerosamente le abrió la puerta a “E”, y la mantuvo para mí. Cuando avanzaba, noté que “V” me sonreía alegremente… como si supiera todos mis secretos. En ese momento creí leerle la mente:
-   Sé que sos gay. Sé que sos vos quién le envió una solicitud de amistad a “E”.  Sé que te morís de  amor y que en este momento estás media tarada.
 “V” había quedado unos metros atrás. Ella seguía en el hall, pude identificarla a lo lejos. Caminé por el pasillo de la entrada, espiando con un disimulo robótico cada uno de sus movimientos. Era tan obvia como estúpida. “E”  estaba esperando a que su amigo gay se acercara para que el ascensor los llevara al tercer piso. Preferí, como siempre, subir por las escaleras y mientras me acercaba a “E”, me concentré en programar mis pupilas para no alzar la mirada… no me contuve. Entonces, mis ojos se chocaron con los suyos por un tiempo indefinido. Se habían fugado todas las agujas de mi reloj. Quería hacerme pis encima. “E” volvió la mirada hacia el ascensor y luego hacia mí.  Me paralicé por completo. Ella aprovechó ese instante para acercarse ligera y muda, como una víbora pitón. Entonces me susurró:
-   ¿Sos vos la que me acecha vía Facebook?
La miré con los ojos muy abiertos y el pecho se me hinchó, por retener esa respiración infantil nerviosa. Tardé en contestar.
 -    No. A veces, más o menos.
“E” sonrió y dejó que me deslumbrara con sus piezas dentales blancas como perlas oceánicas.  Se acercó más, y cuando estuvo a tan sólo unos pocos centímetros de mí, trajo consigo una ráfaga penetrante de rosas y canela que me perforó el estomago como una ametralladora made in Corea. Eran mariposas multicolores que danzaban en una noche de carnaval. “E” humedeció sus labios rosas y dulces y se acercó hacia mí y…
....y nada de lo anteriormente narrado pasó. Sólo la primer parte. Si hubiera sido como conté, estaría equivocada de blog: esto es un bajón, y por lo tanto las historias reales, no terminan bien. “E” no se acercó. Precisamente esto es lo que mencionaba al principio. No hay nada más lamentable que vivir de estas putas ensoñaciones. Que me mirara "penetrantemente a los ojos", despertó en mí otra vez este estado esquizoide narcisista… Sería más sencillo decir que sólo se trata de una simple picazón en una axila después de una depilación intensa, pero lamentablemente no lo es. Es el famoso síndrome de "me-quiere-dar".
Este síndrome desubicado y mentiroso, suele despertarse con los supuestos detalles (subjetivos y positivos), que creemos recibir/percibir través del lenguaje corporal de la persona en cuestión, y es el responsable de plantarnos en los escenarios más fantochescos e irreales habidos y por haber, y convertirnos en falsos protagonistas de las situaciones más absurdas e imposibles. Sus malvadas distorsiones pueden llegar a hacerte sentir en principio, como una Cenicienta calzando zapatitos de cristal, y en un piquete de ojos como en una Cenicienta renga. Y lo peor de todo es que aquella persona que creés que te quiere dar, no te querría tocar ni con un puntero láser.

miércoles, 3 de julio de 2013

Página 15


                                          Por Mr. Blue
Borges decía “Si no te está gustando un libro, no tienes porqué leerlo entero, ya que quizás no sea el momento adecuado para que leas ese libro”. Con esta frase me atajo de por vida para justificar la inmensa cantidad de libros que dejé de lado después de haber comenzado las primeras quince páginas. Ya se volvió un hábito mío, casi tanto como asegurarme que la puerta del baño esté cerrada o comer unas Express Light por día. Mencionaría una lista de nombres, pero estaría siendo injusto con tantos otros. Lo que sí puedo detenerme a analizar es por qué los dejo de leer. Uno de los motivos top es que, ni bien lo arranco, me pregunto por qué merde me lo compré. Tengo un libro que se llama “Medianoche”, en donde en la tapa vemos una rosa al lado de una luna, y la solapa de éste dicta: “Lucas me estrechó contra su pecho con tanta fuerza que apenas pude respirar. Fue un beso profundo y lento”. ¡¿Alguien me puede explicar por qué pagué cien pesos para eso?!



Los personajes tienen nombres como Balthazar, Patrice y Bethany, y la contratapa responde a una suerte de secuela de Crepúsculo. Es un libro hecho a regla para una adolescente que recién conoce la (ver palabra seis de la oración). Mi interés en consumir ese tipo de literatura es directamente proporcional a las ganas que tengo de ver una carrera de escarabajos en el jardín de mi vecino.
Pero es mi obligación destacar que algo misterioso me llevó a extrañar un billete grande por ese libro de (voy a decir algo que no me gusta pero fue el primer adjetivo que se me vino a la cabeza) morondanga. Y cuando digo algo misterioso, me refiero a que va en contra de mis principios, porque el libro está escrito por Claudia Gray, una mujer de United States of America, y siempre repito que prefiero leer libros latinoamericanos ya que desconfío de los traductores. Recuerdo que hace unos años tenía en mis manos dos mismos libros de Stephen King. La versión en inglés de Carrie y la versión en castellano. La comparación era absurda. Las líneas que leía con tanta tensión en la versión original carecían de suspenso en la nacional, las palabras remplazadas ni se acercaban a ser sinónimos y los insultos estaban pasados a light. Mientras Stephen King había escrito que Chris, enardecido, decía “Son unos hijos de puta”, el traductor, en complicidad con el editor, lo habían pasado a “Son unos cabezas de chorlito”. Así que ya saben qué decirle a alguien si quieren realmente ofenderlo. Cabeza de chorlito, y a otra cosa.
También sucede que a veces tengo tres o cuatro libros en la mochila y los leo al mismo tiempo, pero sólo tengo dos señaladores, por lo que siempre dos libros pierden la partida y quedan en el olvido porque al terminar los otros dos, ya no recuerdo dónde los dejé y no me parecen tan importantes. Esta semana siento que abandoné otros y me dieron ganas de leer otros con los que seguramente repetiré mi acción ya clásica. Entonces me diseñé una nueva técnica, con cinco pasos a seguir, para evitar que esto vuelva a sucederme.
A) Leer tapa, solapa, contratapa, copyright, y si es necesario, final.
B) Si el escritor no es latinoamericano y el libro me llama demasiado la atención,  tomar nota de cómo se llama el traductor y averiguar el nombre de su madre para que el descargo sea bien dirigido.
C) Pedir críticas del libro a quien veas con menos cara de pelotudo de los empleados del local.
D) Mandarle un mensaje a un amigo/a que lea mucho y sepa tus gustos para que pueda decirte si puede llegar a gustarte, lo haya leído o no, conozca el libro o no, te esté mintiendo o no.
E) Leer directamente la página 15 y fijarse si se es capaz de volver a leer esa página nuevamente.
Me pareció bien difundir los pasos. Les contaré luego si fueron exitosos, o si existe, luego de los primeros dos capítulos, una segunda instancia de traba personal.
PD: Mrs. Pink me dijo “Mr. Blue, tus videos son cursis”. Y tiene razón, pero los voy a seguir poniendo porque lo cursi nunca pasa de moda. Lalala.




miércoles, 26 de junio de 2013

Lorca y yo.

                                                       
                                          Por Mrs. Pink
Encontrar el amor es difícil. A vos, que en este momento estás solo, quiero decirte que hay miles de personas sin pareja que se toman su soltería con dignidad.  Los dignos son aquellos que tienen la dicha de leer a Lorca antes de irse a dormir. Y si estás comenzando algo, algo que no tiene nombre y dudás en asignarle algún tipo de etiquetado porque no estás pisando un terreno fértil, también quiero decirte que hay muchas personas como vos. Y seguro la están pasando como el orto. Porque lo hacen para no estar solos.
Pero quien realmente la pasa mal sin dudas, es la/el del primer caso, porque no tiene a nadie para recitarle tanta mierda romántica. Yo soy una de esas. Recito a Lorca frente a un espejo. Me digo a mí misma “Verde que te quiero verde”. Y cada vez que repito aquel verso siento que le estoy pidiendo al universo que me ayude a contagiarme una hepatitis.
Ahondando un poquito más… mi caso es más complicado. Ese es el bajón, y no sólo porque a la hora de buscar la pareja ideal suelo desplegar un pergamino, cual lista de supermercado de fin de mes, con ciertos ítems excluyentes que me hacen parecer exquisita... y me hacen parecer a Exquisita, la torta...
Sincerándome, la única fijación anormal que tengo es que no puedo salir con alguien con problemas dentales: básicamente rechazo las dentaduras afectadas por los resquicios de la bomba de Hiroshima. De todas formas lo más importante de mi lista es esencial: la otra persona tiene que ser gay. Personas hay muchas. Gays asumidas y a la vista, pocas. Es más fácil encontrar a Wally en plena marcha del orgullo gay.
En consecuencia: exponer la sexualidad me despierta cierto debate interior. A veces pienso que hay cosas que como sociedad nos haría funcionar mucho mejor. Una de ellas es la desnudez. Si anduviéramos desnudos mostrando nuestra anatomía al natural, probablemente habría menos todo: menos pudor, menos perversos, menos piropeadores pornográficos y menos vouyeristas con largavistas frente a nuestros edificios jugando a ser el protagonista de la Ventana Indiscreta. Por el contrario a la hora del acto sexual, la luz de la habitación siempre estaría encendida, los falos serían simples caritas invertidas: narices barbudas con ojitos risueños, y las mamas serían bombuchas vencidas con formas y tamaños similares a las de las frutas que expone en stock tu verdulería amiga del barrio. Inclusive creo que hasta la hora de la revisión médica nos abriríamos en cuatro, con la misma felicidad que nos prestamos a la requisa obligatoria  en un pre recital de nuestro ídolo. Y lo mejor: dejaríamos flamear en paz a la cortina del vestidor, e invitaríamos a la vendedora con sonrisas a opinar sobre la prenda, dentro del cubículo.
La segunda idea que quiero ofrecer, es más bien una moción que puede servirle a mi comunidad: una identificación colectiva. Yo te quiero proponer a vos, mujer gay, que soles evitar la mirada homosexual olfativa, que me hagas el favor de tatuarte la bandera del orgullo en la frente. Y a vos hombre gay, te pido que seas el nuevo Tutankamón gayfriendly. Salí del TOILET y enrollate una gaza rosa sobre tu cuerpo contorneado gracias al reduce panza del Dr. Hané y se la próxima momia gay egipcia. Estas credenciales son eficaces… Vos serías capaz de reconocer a tu nuevo “Verde que te quiero verde” y a mí me ayudarías a evitar mi próximo dolor de cabeza.

Vivo por ella

                                      
                                                     Por Mr. Blue
Lo que voy a escribir es un tanto desagradable, pero está a la par de mi vida. El martes a la mañana, si la memoria no me es cruel, me desperté con la sensación de que me había masturbado. Tenía el cuerpo suelto, sentía una mezcla extraña entre placer y confusión, y mis manos parecían estar agotadas. Sin embargo, no había rastros por debajo de mi cintura de haberme masturbado, pero eso no evitó que sintiera escalofríos. ¿Acaso había tenido una paja sonámbula? Cuando el hombre tiene sueños eróticos no se despierta conmocionado. A lo sumo, nuestro amigo nos saluda de pie, pero no le pidas más moscas. Necesita que vos continúes el trabajo, y mayormente no siento ganas de satisfacerlo al despertar. Pero vuelvo un poco atrás: Sentí escalofríos. ¿Y si me había masturbado como un mono a las seis de la mañana, hora en la que mi madre se retira a trabajar pudiendo haber observado semejante desagradable espectáculo? ¿Y si había gritado palabras en lenguajes desconocidos y desperté a varios? ¿Y si es algo que hago seguido sólo que aquella vez fue más evidente? ¿Y si me raptaron alienígenas con mal gusto, me utilizaron y me volvieron a depositar en la cama alrededor de las diez de la mañana?
Intenté pensar, de todas formas, en qué había hecho antes de irme a dormir. Chatear, terminar unos trabajos, ver unas entrevistas por you tube, usual stuff. No creí que estas cosas pudieran haber ocasionado lo mencionado. Cuando me desperté tuve ganas de salir corriendo y gritarlo. Me sentí violado. Me obligué a no pensar más porque, caso contrario, hubiese terminado yendo a la comisaría a hacer la denuncia. El día siguió, y como todos, terminó. El miércoles me desperté normalmente. Y extrañé la mañana del martes. Pasar de seda a roca es un cambio notorio. Por la tarde, recordé que el martes, en la parada del 126 que me lleva a la facultad, había vuelto a escuchar "Vivo por Ella", aquel tema de Andrea Bocelli (que durante mis primeros años de adolescencia pensé que era la mujer que cantaba) que, más que dedicado a la música, siempre pensé que se lo había dedicado a la pija. Frases como "Desde un palco o contra un muro" "Vivo por ella en un hotel" "Me invita a tocarla suavecita", "Ella a mi lado siempre está", "Cómo brilla fuerte y alta", "Ella canta en mi garganta" y "Ella apaga mi soledad" me invitan a pensar en doble sentido, y también a considerar que esta canción pudo haber incitado a esa sensación.
Analizando, no creo que todos hayan pasado por lo mismo que yo, pero si alguien lee esto y experimentó algo similar, me gustaría que, por más freaky que sea, me lo haga saber para no sentirme solo. No chocaremos nuestras manos porque no corresponde, pero habremos comprendido por nuestros caminos lo poderosa que es la sensación de haber acabado sin haberlo hecho.




sábado, 22 de junio de 2013

¿Feliz invierno?

                                                              
                                     Por Mrs. Pink

Durante el fin de semana largo salió un trabajo. Mentira. Más que un trabajo fue un favor familiar, que en adelante no sé si estoy dispuesta a cumplir, por más que me atropelle el Sarmiento y mi hermano se ofrezca a donarme un órgano. Mientras él viaja por Chile con su pareja y disfruta del paisaje de la Cordillera, yo cuido a su perra, una bulldog, a la que le cuelga al ojo, por un problema en las pestañas que actúan de picana en la retina izquierda y cuya atención demanda que la casa de ambos esté siendo hipotecada para costear su visión… Mientras tanto miro por el ventanal los partidos de singles de los viejos con artrosis en la cancha de tenis cheta de Devoto y me como el kilo de pan casero que hice por primera vez para mí, solo para mí.
…Entonces en vez de llevarla a un canil perruno, me ofreció hospedarme en su casa, con comida que no tengo intenciones de preparar y una suma de dinero, que solamente alcanza para el viaje a Tecnópolis y medio paty  de la parrilla de "Pepe", luego del concierto de Morrissey. No me quejo, algo es algo.
En cuanto al trabajo, es sencillo: Greta, como tres veces al día, hay que ponerle en el hueco tornasolado y purulento, dos clases de gotas unas  cuatro veces por día y  mantener con agilidad los muebles que atropella a lo Mr Magoo, lo que implica una atención y esfuerzo constante, como si el monoambiente fuera el set de rodaje de Universal. Además demanda cariño, comida y juegos. Y yo, que estoy media muerta y media panificada, de tanto que comí,  me dejo arrastrar como una madre complaciente que pasea por Sacoa.
El caso es que durante estas mini-vaciones, alejada de lo que son "mis cosas”, me encontré con la desesperación: la soledad.
Hablar con Mr. Blue de cómo el frío de invierno erosiona la piel y la deja en carne viva, no fue ningún aliciente. El está peor, como si acabara de salir de un incendio con quemaduras de grado seis. Desde la distancia medimos los centímetros de nuestros parches. Siempre el que está peor gana.
Todavía me recupero del incidente de la semana pasada, que tuvo sus efectos en estos días: con la esperanza de que una de las chicas más linda de la facultad fuera de mi mismo TEAM, y alentada por el salame de Mr. Blue, le mandé una solicitud de amistad para intentar un contacto inicial e invitarla a casarse conmigo. No voy a decir lo que decía, pero básicamente el subtexto del mensaje podía leerse claramente: ¿sos gay?, porque te quiero dar… La chica de nombre “E”, contestó veinte mil horas más tarde, con una autosuficiencia llamativa. No era gay, no me conocía y me mandó un saludo sugiriéndome que siguiera bien. Lo que más me dolió es que ella ni siquiera sabía si estaba bien, como para decirme que “siguiera estándolo”.  Me alegré por poca cosa: me dejó como amiga. Después de pensarlo bastante, lo interpreté como si me invitara a ver su vidriera personal, pero con mi billetera extraviada: mirame, pero aunque me mires no me podes tener.  Estuve algunos días como una groupie silenciosa. Tres días después por un comentario subido, me entero que su prima fallece. Me abstengo del pésame para no parecer… pesada… y al día siguiente me elimina. Todavía no sé si por xenófoba, o porque me creyó yeta.
Ahí termina el segundo desamor del año. Feliz invierno.

La memoria es cruel.

                             
                                          Por Mr. Blue
Mi memoria es un bajón. Es más bajón que aquel programa choto que conducía Chiche Gelbung y llevaba ese nombre. Si hoy me preguntás cuánto mido o cuánto peso, no sabría contestarte. Y lo peor es que no es una respuesta que pueda buscar en Google.
Me olvido de la edad que tengo. Cuando comienza el año, asumo que tengo la edad que voy a cumplir, y llegada de la fecha de mi cumpleaños me confundo. Me pregunto en solitario: "¿Cuántos años voy a cumplir? ¿Un año más del que asumo que tengo o es en realidad esta edad que ya digo que tengo desde meses anteriores?". Porque mientras a algunos les asusta en el futuro decir mucho la palabra "coso", a mí me asusta no acordarme de mi nombre. No recuerdo las edades de mis familiares, ni las fechas de sus cumpleaños, y hasta se me dificulta acordarme de las fechas patrias. El día que me hackeron el mail, me volví John Waters para intentar recuperarlo, ya que me envíaban un mail de restablecimiento de cuenta a un correo antiguo del cuál no recordaba la contraseña. Eso nos sucede a todos, ¿no? Aunque no sé si todos siempre usan las mismas contraseñas para todo.
Soy de contar anécdotas varias veces. A una misma persona. Y no me doy cuenta. Me olvido que ya las conté. A veces son amables y me detienen. "Ya la contaste, Mr. Blue". Quedo un metro en offside y me entristece no recordar cuándo fue. En otras oportunidades, como me ven atando hechos pasados con palabras en forma emocionada, me dejan seguir hablando pero resulta más descolorido. Puedo ver que sus caras no dibujan ni una mueca de gracia y miran a los costados como esperando que termine de una vez. Claro, por más fontanarrosesca que sea mi historia, los remates no funcionan cuatro veces.
Pero me veo obligado a divulgar que los hechos más vergonzosos de mi vida, aquellos por los que mataría apretar ctrl+alt+supr, jamás mi memoria se los olvida. Para desgracia mía, siempre están ahí. Cada kiosko con bolones que me cruzo me recuerda a cuando era ñato y me tragué un bolón. Estuve horas pensando que era el último día de mi vida. Cada relojería a la que ingreso me genera reminiscencias a aquella apuesta perdida que me obligó a entrar a preguntarle la hora al empleado de turno, recibiendo una insólita caterva de insultos que aún no figuran en los diccionarios. Cuando veo puestos con descuentos en calzas, me adentro una vez más en la época primaria cuando debí usar esa vestimenta en un acto escolar para personificar a San Martín. Y nobleza obliga, la cantidad de verguenza que tuve es la misma cantidad de comodidad que sentí.
También registro datos insignificantes, de esos que aportan en una charla pero no lo demasiado como para ser destacados. Nombres de actores desconocidos, de jugadores de fútbol fracasados, de tenistas que ya son abuelos, y principalmente, de curiosidades bobas que te pueden llevar a la muerte como "No podés detener un estornudo porque te morís", "No podés mezclar cola con Menthos porque te morís", y "No podés tomar veneno porque te morís". Recibo correcciones constantes cada vez que menciono alguna de estas máximas, y con el correr de los días las voy censurando porque entiendo que no soy lo suficientemente inteligente para hacerme el Dr. House, y callar me hace parecer menos pelotudo.
Mi memoria es engañosa. Me teje telarañas con una frecuencia inacostumbrable. Me duerme en el piso. Me hace convencer de que estoy listo para un parcial, y durante el mismo me suelta la mano. Me viola en los noticieros pero desaparece en las discusiones. Me cansa que me canse tanto. Me falla que me falle tanto. Veré mañana si me acuerdo que le dediqué un escrito y que la hice responsable de todas esas falencias propias de las cuales no me quiero hacer cargo.


viernes, 21 de junio de 2013

Nos presentamos.



Somos Mr. Blue and Mrs. Pink, y somos un bajón. Le damos vida a este blog para contar nuestras peripecias bajoneras y hacer más leve la rutina que nos conlleva a deprimir a los demás con la melancolía diaria que imprimen nuestros rostros.

Mr. Blue: "Digo que soy comediante pero me subo a escenarios con la misma frecuencia con la que dirige Terrence Malick. Digo que soy escritor pero escribí un libro y gracias. Digo que soy guionista pero todavía me falta demasiado para ponerme la placa. Digo que podría haber sido futbolista pero apenas me aceptaron en un club de barrio. Digo que soy un ser humano pero más me parezco a un extraterrestre. Tengo una boca, dos brazos y dos piernas. Lo demás... ¿Quién sabe dónde está?"


Mrs. Pink: "Si fuera un Pokemón, sería Squartle. Si fuera un dibujo sería Bonti Boo.  Si fuera un Beatle sería John. Si fuera un director sería Kubrick. Si fuera un escritor contemporáneo sería Murakami. Evidentemente tengo que ir a terapia para resolver mi problema con el otro sexo… Mientras tanto digo que estudié cine, pero sólo eso. Que estudio guión y toco y me voy. Y que la mayor parte del tiempo me rio para no lloriquear".