lunes, 12 de agosto de 2013

Yo puteo, él putea.


                                        Por Mr. Blue

Quienes vivimos en Capital, la mayoría, vivimos a mil por hora, inmersos en quejas y prejuzgaciones, y muchas de ellas se potencian en los medios de transporte. Dicho de una manera simple, nos gusta insultar. Insultamos a las viejas que tardan su edad en meter las monedas en la expendedora de boletos, al colectivero por quebrar su ley y poner música latina a un volumen denigrante, a la embarazada que se subió dos minutos después de que nos sentáramos, al dormilón desagradable que te tatúa su baba en el hombro, al quejoso promedio que uffea durante todo el viaje porque no salió más temprano que de costumbre, al joven molesto de mochila carrito que mientras espera por su asiento comenta lo que (no) hizo en clase, a los adolescentes que miran maduras por la ventana con el pito parado y haciendo mímica de temas de Tan Bionica como si estuvieran tarareando algo de Megadeth, etc.
Bueno, el sábado, o mejor digamos, el domingo a la madrugada, a ese circo de colectivo que tanto detesto, pasé a extrañarlo. Me encontraba de pie junto a Mrs. Pink en una cuadra peligrosa a un horario peligroso en un día peligroso, como es el electoral. Mientas bailábamos en la parada intentando disimular nuestro miedo a morir, las grados descendían hasta la B Metropolitana. Y nos cuestionábamos el juzgar. 

- Mirá, allá a lo lejos se ve alguien raro 
- ¿Por qué raro? ¿Le falta una pierna? 
- Dije raro, no deforme
- ¿Y no puede caminar por esta zona a las cuatro de la madrugada?
- NO. No puede. Caminemos en otra dirección. 

Luego de alejarnos cinco cuadras de una persona que ni siquiera logramos visualizar, y que bien podía haber sido un superheroe que venía a rescatarnos, notamos que habían dejado de existir los colectivos y no podíamos tomarnos alguno que mínimamente nos acercara algo.

Me estoy olvidando de mencionarles que salíamos de ver una película de terror y de hablar de boludeces paranormales en un café durante dos horas. Digo boludeces en mi intento de menospreciarlas, pero en realidad hago referencia a esas historias que te dejan con cara de petero. Cito un ejemplo: "Escuchate esta... Había una ruta en el Paraguay en el que murió un tenista atropellado, y cuenta la leyenda que en una oportunidad un hombre conducía por ahí, y onda que de la nada, se rompieron los vidrios de su auto al mismo tiempo. Se asustó tanto que perdió el control del auto y chocó. Cuando miró al asiento de atrás, había una raqueta de tenis con la insignia del hombre que murió". Como esas, cuarenta nos contamos. Y ahora preferíamos estar en una casa endemoniada pero con cama y calefacción. Cuestión que debimos volver a la parada con un sueño potenciado, con rostros malhumorados y con una promesa: No ser como esos individuos bien de capital que insultan a mansalva.

Una mujer apareció en la parada, y si bien no cruzamos ninguna palabra con ella, nos transmitió algo de paz. Ya no estábamos solos y compartíamos el miedo con alguien más. Pero si tengo que sincerarme al extremis, no generaba la suficiente confianza porque, (y voy a decirlo aunque suene terrible), no era alguien violable. Digamos que la única forma que existía de que los hombres le toquen bocina es si consigue trabajo en un peaje. Cuando dos muchachos se acercaron a hablarnos, arribó el 124, colectivo que se tomó la mujer dejándonos solos como una suerte de karma. Las piernas nos temblaban. No sé si por el miedo, por el frío o por ambas cosas. Nos preguntaron textualmente si teníamos "fafafa". Y he aquí algo gracioso: Nos disculpamos por no tener. Entendimos que quizás nos pidieron porque en mi frente yacía un algodón pegado con cinta scotch de un golpe que me había dado por la tarde, y además tenía encima una capucha negra con la que no intentaba hacerme el malo sino cubrirme del viento.

Cinco de la madrugada ahora. Y unos minutos más. Un hombre camina recto hacia nosotros. Podemos ver que "viste" algo reluciente en la mano, algo que parece ser cortante. Como un acto de magia aparece el colectivo y nos subimos a los empujones entonando la primera vocal. Ya a salvos y traspirados como indígenas, el colectivero nos recibió con Cristian Castro al mango, y sacamos nuestros boletos con las tarjetas correspondientes, pero aún así no pudimos dirigirnos hacia el fondo. Teníamos delante de nuestro camino a una anciana de una parada anterior depositando monedas con la misma concentración con la que un especialista en armamento biológico desconecta una bomba. Sólo nos quedaron disponibles los asientos de adelante, los cuales tuvimos que obsequiar cinco minutos luego cuando se subió una embarazada con contracciones acompañada del rata de su marido que no se dignó a pagar un taxi. Esperando asiento, mientras observábamos mover los labios a un muchacho con la mochila de Tan Bionica, fue que comprendimos que existen cosas peores de las que quejarse. Y nos distendimos.
Al llegar a mi casa, la temperatura no parecía tan friolenta y el sueño había desaparecido. De todas formas, me arrojé en la cama, me tapé hasta el cuello y me adentré en lo oscuro de mis ojos para lograr dormirme. Lo que desconocía es que apenas a las dos horas me despertarían para ir a votar, y fue allí cuando rompí la promesa. "La puta madre..." exclamé, mientras me refregaba la verga. Y el karma, como siempre, tuvo su efecto. Ganó Michetti.



viernes, 26 de julio de 2013

Lo que el día del amigo me dejó.



Por Mrs. Pink

Este año me di cuenta de que hay otra fecha horrible en el calendario: 20 de julio, el día del amigo. Si bien no soy Roberto Carlos y más bien soy una persona solitaria, sí tengo algunos pocos amigos, la mayoría vaya a saber por qué, son hombres. Será que las mujeres que conocí fueron (sin generalizar…) bastante forras o están demasiado buenas y, a la par son heteros por lo que se me hace medio imposible llegar a conectar sin espantarlas. Pero también para mí los varones son más simples, será que no tienen la cabeza jodida como nosotras, que tenemos un software virulento de competitividad y malicia. Espero no ofender a ninguna forra que se sienta forra.
Volviendo a lo anterior, detesto el día del amigo porque hay que disfrazarse como el hijo de un matrimonio separado que tiene la responsabilidad de optar con quién pasarla. Y cualquiera de las elecciones siempre trae aparejado unas cuantas ofensas, y esta vez no fue la excepción. Casualmente el sábado a las once de la noche, recibí una invitación a último momento por parte de mi amigo “M”, que tuve que rechazar. A los pocos minutos recibí un ultimátum suyo por Whatsup, que decía: “Mirá que en dos meses me voy por tiempo indeterminado y no sé cuando volveré…”. Le respondí con un emoticon de un fantasmita con los ojos desorbitados y con un breve mensaje: ¡Cuando vuelvas de la puta que te parió, traeme un souvenir!
No volvimos a hablar, yo creo que fui poco sutil y que perdí una amistad. Hasta entonces mi teoría de los hombres era bastante sólida, pero también muchos hombres imitan esta actitud femenina de histérica manipuladora.
De todas maneras, me pareció bastante justo haberle respondido así. Yo ya tenía planes. Planes chotos, pero planes. Habíamos quedado con “Mr. Red”, y algunos conocidos de él, pasar por el boliche gay cercano a Corrientes. La historia fue similar a aquella última vez que salimos juntos, la diferencia es que no estábamos acechando a nadie,  por lo tanto tenía menos presión y menos expectativas. Nos volvimos a congelar, caminamos una distancia maratónica, y soportamos con paciencia una cola infinita, como si esperáramos recibir helados “Sin Parar” gratis en Mar Chiquita.
La música estaba bien, la bebida corrió como Forrest Gump, y hacia la mitad de la noche estábamos más desinhibidos. Mr. Red, que siempre se las ingenia para atraer abejas a su panal, consiguió seducir a un muchacho muy bonito, de pelos con forma de tirabuzón y mirada dulce, que andaba con dos muchachos más y una hermosa chica con ojos del color de un manantial. Intenté ser normal y bailar algunos pasos con ellos, pero mi amigo se arrinconó aparte con su nueva conquista y yo me sentí como oso hormiguero de otro hoyo, que debe ser diplomática con las sobras a la fuerza, y especialmente con esa chica sexy que se movía como una stripper con convulsiones. Así que, en un momento que las luces bajaron un poco, intercambié mi vaso lleno por uno vacío del piso, y me excusé diciendo que iba a buscar más cerveza. Me pareció que realmente les importaba un corno, así que no esperé que nadie me acompañara. Me quedé en la barra una hora. Cuarenta minutos esperé que me atendieran, y otros 20 los malgastasté haciendo tiempo, mirando como mi amigo era absorbido por los labios de Tirabuzón. Miré el reloj, me pareció tarde, y tuve el presentimiento de que daba lo mismo que me quedara, porque iba a volver sin él. Busqué el abrigo en el guardaropas, y le avisé que me iba a Mr. Red. Como un “Pegaláctico” enredado a la cabeza de este muchacho, me hizo unos gestos con  la mano que pude traducir en un simple “andá solita, hoy cojo” y emprendí la marcha solitaria. Extrañamente a la salida, en el hall de lugar, la chica de ojos de manantial tenía el abrigo puesto y estaba parada sola, como si esperara a alguien. Así que me acerqué tímidamente, y le informé que sus amigos todavía estaban dentro y atiné a escaparme. Pero entonces me dijo:

-Espera tonta, te estaba esperando a vos. ¿No dijiste que vivís por Boedo?

Como no me la creí, se lo hice volver a repetir. Efectivamente, había dicho eso que creía que había oído, me estaba esperando. Así que asentí unas diez veces seguidas, como un león decorativo de tablero de taxista. Sin saber qué decir, salimos a la calle nuevamente, y empezamos a caminar hacia la parada que teníamos en común. Cada vez que nos acercábamos al lugar, sentía que el tiempo se me iba acortando, y me agarraban unas puntadas medias pavas e incomprensibles en el estómago. Pensaba que estaba perdiendo la oportunidad que estaba esperando. Parecía inteligente, era muy linda. Me gustaba la forma de sus rulos castaños. Lo único negativo eran sus movimientos tinellinescos al bailar, pero era lo de menos. No quería bailar con ella. Así que me pare de seco en la calle y le dije:

-¿Querés ir a desayunar?

Si hubiésemos estado en el rodaje de “Pastas Patarazzo”, hubiese sido una joya publicitaria. “C”, así empezaba el nombre, se llevó la mano a la panza y la removió enérgicamente sobre su estomago mientras lo acompañaba con un “¡mmmm….dale!”. Así que retrocedimos y fuimos al Burger King que quedaba a dos cuadras de distancia. Pedimos dos cortados, uno con muffins y otro con un tostado. Ella, aparte, se pidió un jugo. 
Me contó que era de Formosa, y que se había mudado hacía seis meses. Me contó que vivía con Tirabuzón. También me habló de lo que estudiaba. Qué música le gustaba y quién quería ser a futuro. Habló de sus exs masculinos, y hasta ahí nada me había llamado la atención. Dejamos el lugar una hora después y nos subimos al 180 con una rapidez inusual. Durante el viaje seguimos hablando un poco más, y como estábamos más distendidas, había risa. Supuse que se trataba de buena química. Como había notado que ya estaba bastante cerca de mi casa, decidí hacerla corta y arriesgarme:

- ¿Querés pasarme tu celular, así arreglamos para salir? Ir al cine, algo más formal.
-  ¿Más formal? – Me preguntó abriendo sus ojos de manantial bien grandes.
- Sí… más formal. Más intimo. – Dije bajando el tono de voz, evitando que el borracho pervertido del asiento de adelante se tocara con la mente.
-  …  No, no… pará, pará… - Se atajó, mientras se reía como una loca.
- Perdón, ¿pero no sos gay?
- … No, el que es gay es Santi, mi amigo que está con tu amigo. Pasa que como no conozco mucha gente, no me queda otra que acompañarlo.
Y me miró con una cara que me hizo acordar a Susana Giménez cuando saca tu cupón y no le acertás ni a la Su, ni a la Sa, ni a la Na. Era una tristeza falsa, pero bien actuada.
Así que huí del asiento como si me hubiera olvidado de mi parada. Toqué el timbre y antes de que el chofer del 180 me abriera la puerta, se dio vuelta y me susurró:
-  Pero si hubiese sido gay, creeme que hubiera salido con vos.

Y lo peor es que caminé las cuatro cuadras que me separaban de mi casa sonriendo.

lunes, 22 de julio de 2013

Chica bondi


                                                            
                                                            Por Mr. Blue

Todos tenemos esos amores de colectivo. Son amores que, en un 99 por ciento, fracasan. Quizás decir que fracasan es sobrevalorarlos, es asumir que no se llegó a destino con algo que, a decir verdad, lejos estuvo de intentarse. Sentado en el 126 en los asientos de uno porque mi antisocialidad me los señala como única opción, veo una hermosa mujer de pelos negros sentarse en un asiento doble. Vestía unas calzas negras muy sexys, y llevaba un bolso del mismo color, bastante pequeño. A los minutos, el hombre de la ventana se fugó y ella se hizo con ese lugar. No, no le miré el culo, pero porque jamás tuve ángulo para hacerlo. Estamos hablando, para que puedan orientarse, del primer asiento doble luego de la puerta del medio. Observaba sus movimientos con obsesión, como si fuera una terrorista. Se acomodaba el pelo detras de la oreja, observaba la calle y sonreía acordándose de alguna travesura que hizo con una rubia hermosa una noche que se embriagó (dejenme pensar lo que quiera). En el asiento delante mío se encontraba un gordo, también observándola con el mismo ímpetu. Este gordo corría el riesgo de caerse al piso del colectivo en cualquier momento. El asiento apenas llegaba a cubrir un cuarto de su zona trasera y tenía que hacer malabares para sostenerse cuando el 126 frenaba en alguna parada. Llegué a ver, y os juro que es verdaís, que sostenía su panza cada dos minutos, como si tuviera miedo de que ésta se le cayera. A lo que voy es que mi obsesión parecía estar justificada. O eso creía. Después de todo, quizás ese gordo sea yo en unos cuantos años. Lo más preocupante de toda esta situación es que me encontraba contento de que el hombre que también la veía fuera desagradable. Sí, lo consideraba competencia. Como si yo tuviera alguna chance con esta mojigata de unos seguros veintipico.

Av. Directorio al 3000. Saca un libro y lo lee interesada. No parecía uno muy intelectual, pero ya había superado la página 15 así que merecía mi elogio. Llegué a ver el nombre, era algo así como "El secreto" pero no necesariamente, y tanto el material de la tapa como su imagen rectangular eran de libro precario que te viene con la revista Billiken y duerme en la biblioteca hasta que tengas hijos con biblioteca para que te los saquen de encima. Mientras leía, atinaba a morderse con liviandad una uña. Y sin caer temas sexuales, la mente arrancó con sus preguntas más naive... ¿Vivirá sola? ¿Le gustarán las mismas cosas que yo? ¿Seré capaz de mantener un diálogo con ella sin que mi pantalón tenga un circulo de agua corporal en la entrepierna?
Interrumpió su lectura para visitar el whatsapp. Seguramente era la rubia hermosa que la molestaba para decirle que la había pasado bien la otra noche, y ella entonces seguramente le contestó "Fue algo de una noche, pero ahora no puedo comprometerme con eso porque lo cierto es que estoy enamorada de un chico que está mirando en esta dirección". Claro que lo cierto es que no estoy en Casi Famosos, no la tengo al lado y vengo trabajando el asunto hace rato. Jamás miró hacia alrededor. Y no la culpo. No es una linda imagen ver un montón de hombres que te miran con ojos de semen.

Se acercaba mi parada. El lugar en donde me tengo que bajar, porque sé que vale la aclaración. En mi mano derecha portaba una bolsa con un libro que debía regalar. Me quedaba más cerca bajarme por la puerta de atrás, pero obviamente fui hacia al medio, esperando que me vea, como si fuera a detenerme, a decirme "No, no te bajes", algo que no sucedería ni aunque le guste muchísimo. Pero lo absurdo no se detuvo allí. Quité el libro de la bolsa y lo sostuve en la mano esperando que viera que yo también leo. Vaya cosa para hablar: Ambos leemos. Fue entonces que una vez que presioné el timbre, la miré con sonrisa y me rasqué el cuello mirándome la mano derecha, esperándome que viera el libro. Ella dirigió la mirada hacia el mismo. Cuando seguí su mirada, noté que el libro que llevaba estaba forrado, algo que había olvidado, por lo que era obvio saber que no lo estaba leyendo. Me bajé apenado de haber despertado tontas esperanzas, tontas esperanzas que debían seguir durmiendo. Cuando toqué cuadra y me quedé parado analizando la situación de verguenza que protagonicé, un hombre que esperaba por otro colectivo me molestó para decirme "Se te está por caer la bolsa". Había guardado la bolsa blanca del libro en mi bolsillo trasero, pero tan enamorado estaba que no llegué a guardarla bien, por lo que, en resumen, la imagen que creé de mí fue un boludo que le sonreía con un libro forrado y una bolsa blanca despreciable hecha un bollo a punto de saltar del bolsillo de atrás.

Esto me dejó una conclusión: Jamás volver a enamorarME QUIERO MATAR.

miércoles, 17 de julio de 2013

No quiero ser normal


                                                    
                                                         Por Mr. Blue

No les voy a vender humo. No soy lindo. Pueden ver aquí arriba la imagen animada, que dicho sea de paso, todavía no sé si me muestra como un hombre con sueño o como un puto enamorado. Claro que decir que uno no es lindo, no es justamente afirmar que me falta la médula osea, que mi cabeza tiene forma de beyblade, o que tengo gigantescos rocklets rojos en el rostro. Sólo hago referencia a que no soy lindo, lo que comunmente se traduce en que uno es entonces "normal", como el diario por la mañana, como las pastas en los jueves, como dormir por las noches. Hasta acá, la indignación es mínima.
Para quienes son feos o lindos y no lo saben, los normales nos aceptamos como normales, nos miramos por la calle todos los días y nos ignoramos, porque eso es lo que los normales hacemos. Nos derribamos como si fuéramos los peores, como si nos faltara una parte importante en nuestro cuerpo. Claro, usamos tan poco la pija que suena lógico. Nuestros encuentros son entre forzados y milagrosos. Cuando salimos con una chica linda, no podemos digerir la gaseosa de la realidad, nos miramos al espejo repetitivamente  y decimos en nuestras cabezas "¿Por qué esta chica encuentra atractiva ésto?". Cuando somos remplazados y abandonados por un hombre de una escala física superior, necesitamos del oído de otro normal para descargarnos, y no nos animamos siquiera a putearla. Intentamos justificarla ("Lo que pasa es que ella necesitaba el trabajo y por eso le chupó la pija al dueño, al compañero, al limpiabaños, y se enamoró del tipo de cuentas"), o lo justificamos como si fuera algo lógico, que en algún momento iba a pasar, como si la chica hubiese estado durmiendo cuando salía con nosotros y ahora se despertó de esa utopía nuestra, como si nuestro sueño hubiera tenido un plazo, un vencimiento, y entonces se puso a salir con alguien lindo ("Y si, el tipo de cuentas es fachero, yo también me hubiese engañado con él, y con el limpiabaños, y con el compañero, y con el dueño..."). Somos, de repente, Boris Yellnikoff, de Whatever Works.

Repito: Hasta aquí, todo esto es, justamente, algo normal. El problema reside en que, dialogando con Mrs. Pink (quien sí es linda, así que, acósenla, mujeres), resurgió una frase que los normales odiamos. La dichosa linea polémica fue "Deberías estar agradecido que sos normal". ¡Jamás, god almighty! Quienes somos normales, jamás agradeceremos serlo. Lo aceptamos pero no tenemos desfiles del orgullo normal porque nos es una condena.
El normal es lo más similar que existe en el mundo al hombre invisible. Vaga entre la intrascendencia monótona, no recibe jamás atención, siempre es uno de los tantos de los tantos, la opción 20 del grupo de 40, la pepa del paquete de surtidos, la estrella que uno ve en el cielo sin detenerse a analizar que es una estrella. Para pasar en limpio y plantear una comparación genuina y bien argumentada, somos lo que Colón es al campeonato local. Casi me animaría a decir que los normales, directamente, somos Colón. Colón no es un equipo grande ni tiene colores llamativos, por lo que si no vivís en Santa Fe o no tenés familiares sabaleros, jamás elegirás ser de Colón. A la hora de participar en el torneo local, su desempeño es intrascendente. Varía entre el puesto 5 y el puesto 15. Es decir, jamás pelea por descender, pero jamás lucha por ganar un campeonato. Quizás amaga en las primeras fechas pero luego se cae, como todo normal hace, cuando piensa que tiene una oportunidad y un error de cálculo lo destruye. Por esto que no soportamos que nos digan "Si, bueno, podría ser peor, podrían ser feos". Eso es absurdo. Es como que te abandone tu pareja y tu amigo te diga "Bueno, che, no es para tanto, podrías estar viviendo en Bagdad". Claro, por supuesto que siempre existe algo peor, pero no nos quiten el derecho a sentirnos miserables, lindos de merde.

Vivimos con esto. Somos seres contradictorios. Nos derrotamos el autoestima a insultos pero tampoco somos capaces de acabar con nuestras vidas ingiriendo una botella de jugo Suin puro. En definitiva, no queremos ser normales, y hasta preferiríamos ser feos. Sí, quizás nos convendría más. Al menos nos conformaríamos con poco y no seríamos tan pretenciosos como para dedicarles una entrada rencorosa en un blog a nuestras condiciones físicas. 

Como mencioné en el último renglón, todo el escrito puede sonar desubicado u envidioso, pero estas estrofas eran necesarias para que los normales podamos ser  finalmente oídos, y los lindos sepan que ser normal no es precisamente nada lindo.




martes, 16 de julio de 2013

Crónica de una gay anunciada.


Por Mrs. Pink

Pelando las papas llegué a un descubrimiento que inconscientemente siempre había intuido. Aclaro que esta actividad no es una clase de mandala que suela utilizar para tranquilizar o resetear mi mente cuando necesito aclarar los dramas bajoneros. Las pelé porque venían a cenar mis hermanos junto con sus  parejas y, a Marta, mi mamá, se le ocurrió que era una buena idea saltear por una vez el delivery y ahorrarse el trabajo de alimentar a estos pumas famélicos que nunca se cocinan y aprovechan la ocasión para saquear la heladera. Lo que quiero decir es que, en el momento preciso que llegaba a rasurar casi un kilo y medio de estos multiformes tubérculos arenosos y amarronados, con una esponja metálica carcomida por las paletas de unas ratas rabiosas y unas cuantos cacharros fibrosos, mi mamá me dijo:

-        Pablo va a ir a ver a Ismael Serrano.

¿Y quién CUERNOS es Pablo? Pablo es un compañero de mi mamá, que trabaja con ella y al que quiere como un hijo adoptivo. No es que mi mamá no tenga hijos, los tiene y uno es Fede (te mando un beso y tapate los ojos). El caso es que a mí, Pablo, no me despierta ninguna clase de amor fraternal. De hecho, me da bastante miedo. Ha caído de sorpresa en algunos de los cumpleaños de la familia, se ha infiltrado en algunas navidades vistiendo del rey mago Baltasar, y no me resultaría extraño que se haya aparecido en mi casa a festejar el Día del Animal o el día de la Revolución Cubana sin que me haya enterado. A pesar de toda esta introducción, hay algo peor, yo sé que mi mamá no termina de digerir mi orientación.
Voy a hacer un gran flashback y me voy a remontar a unos cuantos años atrás: el día que le conté que era gay. Realmente no salió como el parlamento de un extra de ficción, cortito y al pie. Me temblaban hasta los lóbulos de las orejas, mi voz había tenido una regresión y las pocas líneas que salían de mi boca se entrecortaban como una llamada telefónica a una sucursal de Claro, ubicada en la cima del Aconcagua. Lo peor de todo era el miedo; cada vez que estaba a punto de decir lo importante, la charla comenzaba y terminaba de esta manera:

- Mamá, te tengo que decir una cosa.
-   … ¿Qué?, ¿qué pasó?
- Te quería decir… nada deja.
- No, ahora decime.
-No pasa nada. No era nada…
- 
- Mamá, te tengo que decir una cosa.
- …¿Qué pasó?
-… Nada, dejá.
-¡No, ahora me decís!
-No era nada…
-  
-Mamá…

Hasta que Marta se dio cuenta de que este asunto era peor que jugar a “Te regalo un gato”.  Entonces, se fue todo al carajo:

- ¡Decilo!
- 
- ¿Qué diga qué?
- ¡Decilo, vos sabés!
- 
- ¡Que sos gay, hija!

Y ella siempre lo había sabido. Me puse a llorar, nos abrazamos, tartamudeé, moqueé, y finalmente lo dije en voz alta. Mi mamá me abrazó, lloró y aceptó mi confesión con ciertas limitaciones… En verdad, con el paso del tiempo me di cuenta de que a Marta no le gustaba ni un poco que señale con alegría, por la calle o por la TV, a quienes creía que eran gay, como si fueran aliens fluorescentes en extinción o que lleve en la muñeca una pulsera con los colores del arco iris como si fuera un tatuaje de última moda, o lo más básico de todo, que tuviera citas con alguien de mi mismo sexo. Y hoy puedo decir con total certeza que estos fantasmas se hicieron de carne y hueso; la conversación que relaté al principio finalizó con una muerte anunciada:

     - Ahhh… ¿le gusta Ismael Serrano a Pablo?
     - Le encanta. Y a vos también te gusta, él lo sabe. – afirmó mi mamá
    - Sí. Pero yo lo escuchaba porque le gustaba a mi ex, “L”, y volver a un recital de él, es como prestarme de voluntaria a un lanzador de cuchillos manco, mientras  bailo la conga.
     - No importa. Le dije que a vos te encantaría ir con él.
     - … Mamá soy gay.
     -¡No digas esa palabra! Salí con él… haceme ese favorcito.
     -  Favorcito es ir al Rapipago a pagarte la luz. ¡Decile que soy gay!
     -  Mirá… “MRS. PINK”, si no vas, ¡estas muerta para mí!

Lo lamento por Pablo si es que ya sacó la entrada. Ojalá que encuentre al amor de su vida antes y, pueda susurrarle “Vértigo” al oído… Marta la del Barrio logró que sus ojos se volvieran vidriosos. Yo por otra parte fui fuerte y no cedí. Le sugerí que con una docena de jazmines podría llegar a decorarme muy bien las manos, y se calló la boca.

miércoles, 10 de julio de 2013

Bailo pegaíto.


                                         Por Mrs. Pink
La semana pasada había quedado Knock out: las ojeras que maratónicamente había acumulado, mutaron repentinamente a un negro infinito; tanto que al reflejarme en el espejo me confundía con un oso panda. El hambre misteriosamente había desaparecido. Al momento de desnudarme me auto recordaba a la muerta de la bañera de “El Resplandor” (la última vez que me vi tan decrépita,  fue cuando terminamos con “L”). Mientras estudiaba, respiraba o iba a la facultad soñaba con frotar la lámpara de Aladino y pedirle que me facilitara un coma inducido por unos meses, que incluyera un servicio de laundry profesional: limpieza de mis partes íntimas y alimento por intravenosa. En síntesis, estaba cansada.
Para el sábado pasado todo había terminado y mi plan de fin de semana era realmente muy convincente: vegetar todo el día. Así estuve hasta las ocho de la noche. No me moví, tragué todo lo que pude y dormí. Hasta que lamentablemente abrí el Fuckingbook y  me topé con que “B”, una hermosa chica del mundillo gay había hecho público en su muro que iba a concurrir a una famosísima fiesta, por el lado de Corrientes.
Quiero confesar que si habré cruzado dos palabras con “B”, es demasiado. Y hace años. AÑOS. Sé cuáles son sus autores favoritos, qué música escucha y cuál es su filosofía de vida. Eso me basta. Pero más allá de estos indicios pelotudos, no la conozco demasiado, y sin embargo nunca pude borrar la fantasía del encuentro casual/no casual de mi mente.
Volviendo a lo anterior, mi perspectiva de lo que sería un sábado ideal, cambió automáticamente al imaginarme estar compartiendo la misma fiesta con ella. Así que le comenté a mi amigo, Mr. Red, que esa noche tenía la posibilidad de declararle mi amor a “B”, sólo si me acompañaba. Mr. Red, que estaba vegetando con más entusiasmo, me escuchó con atención y se prestó con alegría a hacerme “la segunda” (qué palabra de mierda), aunque en verdad hizo la primera, porque tuvo más levante que yo. Al final vaciló un poco, y con un convincente “vamos” me dio coraje para darle rienda a este disparate. Y fuimos.
Cualquier odisea resulta ser un masaje californiano con sales de Pakistán, si intuís que detrás de tanta merde se esconde la noche de tu vida. Vagamos por Capital hasta las tres de la mañana; habíamos olvidado que no teníamos un peso, y que durante la madrugada y en época estival, los colectivos suelen tener la misma frecuencia que los trenes del terror. Para revivirnos caminábamos frotándonos los cuerpos entre nosotros. El 126 apareció,  y aunque no nos llevaba, lo tomamos igual. Después de 20 cuadras y de moquear dos paquetes de carilinas marca "El Gauchito”, pudimos encontrar el boliche. Todavía estábamos demasiado contentos y no nos importó atravesar la inmensa cola, la mala organización y el tumulto conformado por “Las locas del tablón” de la post-entrada. Sin dudas estábamos de fiesta. Una vez dentro, elegimos el mejor lugar para localizarla… Pero dos horas después los ánimos habían menguado. Seguíamos como HALCONES cuadripléjicos, enfocando la visión hacia la pista de baile tratando de dar con “B”. La oscuridad y las pocas luces del boliche no ayudaban. Supusimos que al final ella no había ido. Nos dimos por vencidos. Atraídos por la derrota, nos sentamos a mirar con envidia la felicidad ajena mientras compartíamos una cerveza. De pronto las risas Voldemortianas de Mr. Red opacaron el canto chirriante de la inmensa Lía Crucet, que vociferaba a unos metros en el centro del escenario. Afilando su puntería Mr. Red, logra señalármela. Y sí, allá estaba… en una punta, acaparada por un grupo de personas, “B” estaba hermosa y brillante bajo la luz de la bola de boliche. Nos arrastramos por la pista en un nanosegundo. Me sentí feliz a pesar de que no podía respirar, presentía que se me había olvidado el inútil speech que tenía preparado para la ocasión y que mi corazón estaba a un “¡Buuu!” de la muerte súbita. Cuando logré acercarme a ella, a fuerza de empujones propinados por Mr. Red, la miré profundamente, dejando que viera a través de mis ojos, mis más sinceras intenciones de querer conocerla. Y no. De un modo inexplicable, volvimos a perderla de vista. “B” se había ido con su amigo gay al baño. Otra hora sin encontrarla: desistimos, ya era tarde. Nada sirvió.
Agotados, de vuelta en el palco, milagrosamente volvimos a encontrarla. Estaba en el mismo lugar que antes. Rápido confrontamos a la muchedumbre. Ya, a unos metros cerca del territorio prometido, un grupo de “Dancing Queens” fueron dejando el paso libre, para mostrarme la escena más patética y telenovelesca de mí historia… “B” está besándose muy apasionadamente con otra chica. Tercer desamor del año.

martes, 9 de julio de 2013

Las reglas de la atracción



                                                         Por Mr. Blue

Como un hábito más de la rutina es que me describo un inútil. Me costaba atarme los cordones cuando era chico, los amontonaba y parecía que mis zapatillas tenían encima uno de esos perros hechos con globos que hacen los payasos. Me avergüenza confesar que disfruto los Mediahora, que no sé usar el Photoshop, que sin darme cuenta prefiero intentar arrojar con fuerza tapitas al desague que donarlas a un hospital, que me cuesta abrir la leche de cartón casi tanto como a cualquiera le costaría abrir una caja fuerte bancaria, y que tampoco sé medir la fuerza a la hora de cerrar la puerta de un taxi. O lo hago demasiado suave y tengo que volver a cerrarla con una mirada juzgadora que me dice "Sos un mariquita y encima me hacés perder el tiempo". O lo hago demasiado fuerte y tengo que escucharlo insultándome y haciéndome cargo de la situación en la que se encuentra el país. ¿Pero por qué les estoy haciendo perder el tiempo leyendo ésto? Pues porque me dí cuenta que no sirvo en algo más: En atraer. Suena vago decir "atraer", pero me atrajo el verbo y lo puse.

No sé si quería atraer a alguien el viernes. Pero sí sé que no hubiera sido fácil en el caso de quererlo. O quizás si. O quizás no debería estar escribiendo esta frase porque es un sinsentido de mi subconsciente. Lo cierto es que la atracción, algo que debería ser natural, no me sirve. No tengo rumbo a la hora de seducir. Hablo y me pongo pavo. O soy demasiado cortés, tan cortés que permito pasar a otro hombre a que intente levantarse a la chica que me gusta. Dale, pasá tranquilo, parezco decirle, es toda tuya. O no quiero caer en clichés diciéndole "¿Venís mucho por acá?" o "Deberías ser modelo", y termino haciéndome el original con resultado frustrante, hablándole de cómo aumento el tequila o de que el barman se parece a cuasimodo. 
He dicho que es cambiar el chip. Para estas cosas, tenés que racionalizar como si fueras un winner,  como si tuvieras el cuerpo de esos fìsicoculturistas descerebrados que posan en la tapa de las revistas de Fitness que venden en las dietéticas, como si tuvieras la sonrisa de Tom Cruise en Vanilla Sky antes de sufrir el accidente que lo obliga a usar una mascara, como si tuvieras la plata que gana Maradona en Dubai y que ganará por años muchos, como si tuvieras la facilidad con la palabra que tiene Nagasawa en Tokyo Blues de Murakami. Pero yo he de pensar que soy un inútil, así que mi autoestima tiene el ojo izquierdo morado y el derecho con una basurita molesta.

"Usá el humor, con eso son tuyas" es una de las frases que más suelo escuchar. ¿De qué me sirve? ¿Me voy a acercar a una chica en un bar y le voy a decir "Escuchate este, que están un gallego, un yanqui y un francés en un avión..."? Puedo aseverar que es sólo un mito falso para ilusionar a los comediantes sin suerte. A su vez, debo confesar que toda esta situación me provoca una denigrante envidia. No tener pareja te lleva a ver hombres feos besando a chicas que uno podría anhelar, y pensar "Ojalá te esté metiendo los cuernos con tu hermano". Sí, está mal, pero lo pienso. Se me aparece en la cabeza. Y lo irónico resulta en que el hombre tiene menos la culpa de lo que creía. Las mujeres son el problema y la solución. Son como esas compañías de antivirus que crean virus para que compren su producto para que el usuario pueda matar el mismo virus que la compañía creó. O quizás sea el problema yo, que soy demasiado analista con esta mierda. Recuerdo que cuando iba al analista me mencionó eso: "Mr. Blue, sos demasiado analista con esta mierda". "Vos sos demasiado analista con esta mierda, doctor" respondí. Y me contestó "Sí, pero ese es mi trabajo". Y bueno, ahí me cagó.

Una cosa más: Entre nos, y aunque lo quiera ocultar porque crea que jamás debe ser el objetivo número uno, extraño el sexo. Uno se da cuenta de este extrañamiento cuando una película porno le resulta un drama melancólico que en lugar de excitarlo, le recuerda eventos y acciones que le sucedieron, pero que había olvidado que existían y que los había protagonizado. Ya no me masturbo con una porno. Lloro.

Haciendo un resumen abrupto... un mes estás cobrando bien, al otro te deben plata pero no te preocupas, y al siguiente te quedaste libre y no sabés qué hacer. Me parece que por ahí está la vida. Creo que necesito un representante.




viernes, 5 de julio de 2013

El beso de la mujer imaginaria.


Por Mrs. Pink
Algunas personas idealizamos determinadas señales al momento de la búsqueda del amor. A estas señales solemos adornarlas con moños del tamaño de un globo aerostático… Pero lo terrible del asunto es no ver más allá. Consideramos que la supuesta conquista está siendo efectiva, cuando ni siquiera hubo indicios como para determinar que alguna vez comenzó. Y aunque nos hayan rechazado abiertamente, como si fuéramos un pedazo de carne con un séquito de moscas del tamaño de unas pelotas de ping pong rondándonos los cabellos grasientos, creemos sentir el amor en el aire. Pero es mentira, sólo es una nueva fragancia de desodorante de ambiente que Poet lanzó al mercado. Este es un mecanismo de defensa que tiene nuestro cerebro para no provocar un corto circuito que colisione nuestro “sano” organismo, y no enterarnos de lo que realmente somos: SOMOS UN BAJÓN.
Estoy segurísima de que debe de haber unos cuantos/as narcisistas como yo, que sufren esta espantosa enfermedad, de la que más abajo hablaré, pero como no se dan cuenta lo pelota playeras que son, todavía están transitando esta espantosa ceguera. Voy a comentar lo que pasó la semana pasada, cuando muy infelizmente iba a rendir un examen. Permítanme entregarles una narración detallada y dulce de aquel día:
El lunes pasado repasaba en las escaleras externas a la facultad. Intentaba memorizar con esfuerzo unas fechas históricas que de todas maneras sabía que iba a olvidar al minuto y medio. Con una mirada fugaz localicé a “E” a la distancia, la chica de la facultad que me anestesia el corazón. Vi su pelo dorado centellear entre la multitud. Me morí. Mientras viajaba lentamente al paraíso, observé como “V”, su amigo gay, aparecía en el decorado y la abrazaba amistosamente. Al verlo, volví a pensar  en él, como el amigo gay que siempre quise tener y nunca encontré.
Caí a este mundo nuevamente: ellos dieron los primeros pasos hacia la escalera, y yo los seguí con mis colmillos expuestos, como una stalker en abstinencia de sangre de los colores del arco iris. “V”, muy caballerosamente le abrió la puerta a “E”, y la mantuvo para mí. Cuando avanzaba, noté que “V” me sonreía alegremente… como si supiera todos mis secretos. En ese momento creí leerle la mente:
-   Sé que sos gay. Sé que sos vos quién le envió una solicitud de amistad a “E”.  Sé que te morís de  amor y que en este momento estás media tarada.
 “V” había quedado unos metros atrás. Ella seguía en el hall, pude identificarla a lo lejos. Caminé por el pasillo de la entrada, espiando con un disimulo robótico cada uno de sus movimientos. Era tan obvia como estúpida. “E”  estaba esperando a que su amigo gay se acercara para que el ascensor los llevara al tercer piso. Preferí, como siempre, subir por las escaleras y mientras me acercaba a “E”, me concentré en programar mis pupilas para no alzar la mirada… no me contuve. Entonces, mis ojos se chocaron con los suyos por un tiempo indefinido. Se habían fugado todas las agujas de mi reloj. Quería hacerme pis encima. “E” volvió la mirada hacia el ascensor y luego hacia mí.  Me paralicé por completo. Ella aprovechó ese instante para acercarse ligera y muda, como una víbora pitón. Entonces me susurró:
-   ¿Sos vos la que me acecha vía Facebook?
La miré con los ojos muy abiertos y el pecho se me hinchó, por retener esa respiración infantil nerviosa. Tardé en contestar.
 -    No. A veces, más o menos.
“E” sonrió y dejó que me deslumbrara con sus piezas dentales blancas como perlas oceánicas.  Se acercó más, y cuando estuvo a tan sólo unos pocos centímetros de mí, trajo consigo una ráfaga penetrante de rosas y canela que me perforó el estomago como una ametralladora made in Corea. Eran mariposas multicolores que danzaban en una noche de carnaval. “E” humedeció sus labios rosas y dulces y se acercó hacia mí y…
....y nada de lo anteriormente narrado pasó. Sólo la primer parte. Si hubiera sido como conté, estaría equivocada de blog: esto es un bajón, y por lo tanto las historias reales, no terminan bien. “E” no se acercó. Precisamente esto es lo que mencionaba al principio. No hay nada más lamentable que vivir de estas putas ensoñaciones. Que me mirara "penetrantemente a los ojos", despertó en mí otra vez este estado esquizoide narcisista… Sería más sencillo decir que sólo se trata de una simple picazón en una axila después de una depilación intensa, pero lamentablemente no lo es. Es el famoso síndrome de "me-quiere-dar".
Este síndrome desubicado y mentiroso, suele despertarse con los supuestos detalles (subjetivos y positivos), que creemos recibir/percibir través del lenguaje corporal de la persona en cuestión, y es el responsable de plantarnos en los escenarios más fantochescos e irreales habidos y por haber, y convertirnos en falsos protagonistas de las situaciones más absurdas e imposibles. Sus malvadas distorsiones pueden llegar a hacerte sentir en principio, como una Cenicienta calzando zapatitos de cristal, y en un piquete de ojos como en una Cenicienta renga. Y lo peor de todo es que aquella persona que creés que te quiere dar, no te querría tocar ni con un puntero láser.

miércoles, 3 de julio de 2013

Página 15


                                          Por Mr. Blue
Borges decía “Si no te está gustando un libro, no tienes porqué leerlo entero, ya que quizás no sea el momento adecuado para que leas ese libro”. Con esta frase me atajo de por vida para justificar la inmensa cantidad de libros que dejé de lado después de haber comenzado las primeras quince páginas. Ya se volvió un hábito mío, casi tanto como asegurarme que la puerta del baño esté cerrada o comer unas Express Light por día. Mencionaría una lista de nombres, pero estaría siendo injusto con tantos otros. Lo que sí puedo detenerme a analizar es por qué los dejo de leer. Uno de los motivos top es que, ni bien lo arranco, me pregunto por qué merde me lo compré. Tengo un libro que se llama “Medianoche”, en donde en la tapa vemos una rosa al lado de una luna, y la solapa de éste dicta: “Lucas me estrechó contra su pecho con tanta fuerza que apenas pude respirar. Fue un beso profundo y lento”. ¡¿Alguien me puede explicar por qué pagué cien pesos para eso?!



Los personajes tienen nombres como Balthazar, Patrice y Bethany, y la contratapa responde a una suerte de secuela de Crepúsculo. Es un libro hecho a regla para una adolescente que recién conoce la (ver palabra seis de la oración). Mi interés en consumir ese tipo de literatura es directamente proporcional a las ganas que tengo de ver una carrera de escarabajos en el jardín de mi vecino.
Pero es mi obligación destacar que algo misterioso me llevó a extrañar un billete grande por ese libro de (voy a decir algo que no me gusta pero fue el primer adjetivo que se me vino a la cabeza) morondanga. Y cuando digo algo misterioso, me refiero a que va en contra de mis principios, porque el libro está escrito por Claudia Gray, una mujer de United States of America, y siempre repito que prefiero leer libros latinoamericanos ya que desconfío de los traductores. Recuerdo que hace unos años tenía en mis manos dos mismos libros de Stephen King. La versión en inglés de Carrie y la versión en castellano. La comparación era absurda. Las líneas que leía con tanta tensión en la versión original carecían de suspenso en la nacional, las palabras remplazadas ni se acercaban a ser sinónimos y los insultos estaban pasados a light. Mientras Stephen King había escrito que Chris, enardecido, decía “Son unos hijos de puta”, el traductor, en complicidad con el editor, lo habían pasado a “Son unos cabezas de chorlito”. Así que ya saben qué decirle a alguien si quieren realmente ofenderlo. Cabeza de chorlito, y a otra cosa.
También sucede que a veces tengo tres o cuatro libros en la mochila y los leo al mismo tiempo, pero sólo tengo dos señaladores, por lo que siempre dos libros pierden la partida y quedan en el olvido porque al terminar los otros dos, ya no recuerdo dónde los dejé y no me parecen tan importantes. Esta semana siento que abandoné otros y me dieron ganas de leer otros con los que seguramente repetiré mi acción ya clásica. Entonces me diseñé una nueva técnica, con cinco pasos a seguir, para evitar que esto vuelva a sucederme.
A) Leer tapa, solapa, contratapa, copyright, y si es necesario, final.
B) Si el escritor no es latinoamericano y el libro me llama demasiado la atención,  tomar nota de cómo se llama el traductor y averiguar el nombre de su madre para que el descargo sea bien dirigido.
C) Pedir críticas del libro a quien veas con menos cara de pelotudo de los empleados del local.
D) Mandarle un mensaje a un amigo/a que lea mucho y sepa tus gustos para que pueda decirte si puede llegar a gustarte, lo haya leído o no, conozca el libro o no, te esté mintiendo o no.
E) Leer directamente la página 15 y fijarse si se es capaz de volver a leer esa página nuevamente.
Me pareció bien difundir los pasos. Les contaré luego si fueron exitosos, o si existe, luego de los primeros dos capítulos, una segunda instancia de traba personal.
PD: Mrs. Pink me dijo “Mr. Blue, tus videos son cursis”. Y tiene razón, pero los voy a seguir poniendo porque lo cursi nunca pasa de moda. Lalala.




miércoles, 26 de junio de 2013

Lorca y yo.

                                                       
                                          Por Mrs. Pink
Encontrar el amor es difícil. A vos, que en este momento estás solo, quiero decirte que hay miles de personas sin pareja que se toman su soltería con dignidad.  Los dignos son aquellos que tienen la dicha de leer a Lorca antes de irse a dormir. Y si estás comenzando algo, algo que no tiene nombre y dudás en asignarle algún tipo de etiquetado porque no estás pisando un terreno fértil, también quiero decirte que hay muchas personas como vos. Y seguro la están pasando como el orto. Porque lo hacen para no estar solos.
Pero quien realmente la pasa mal sin dudas, es la/el del primer caso, porque no tiene a nadie para recitarle tanta mierda romántica. Yo soy una de esas. Recito a Lorca frente a un espejo. Me digo a mí misma “Verde que te quiero verde”. Y cada vez que repito aquel verso siento que le estoy pidiendo al universo que me ayude a contagiarme una hepatitis.
Ahondando un poquito más… mi caso es más complicado. Ese es el bajón, y no sólo porque a la hora de buscar la pareja ideal suelo desplegar un pergamino, cual lista de supermercado de fin de mes, con ciertos ítems excluyentes que me hacen parecer exquisita... y me hacen parecer a Exquisita, la torta...
Sincerándome, la única fijación anormal que tengo es que no puedo salir con alguien con problemas dentales: básicamente rechazo las dentaduras afectadas por los resquicios de la bomba de Hiroshima. De todas formas lo más importante de mi lista es esencial: la otra persona tiene que ser gay. Personas hay muchas. Gays asumidas y a la vista, pocas. Es más fácil encontrar a Wally en plena marcha del orgullo gay.
En consecuencia: exponer la sexualidad me despierta cierto debate interior. A veces pienso que hay cosas que como sociedad nos haría funcionar mucho mejor. Una de ellas es la desnudez. Si anduviéramos desnudos mostrando nuestra anatomía al natural, probablemente habría menos todo: menos pudor, menos perversos, menos piropeadores pornográficos y menos vouyeristas con largavistas frente a nuestros edificios jugando a ser el protagonista de la Ventana Indiscreta. Por el contrario a la hora del acto sexual, la luz de la habitación siempre estaría encendida, los falos serían simples caritas invertidas: narices barbudas con ojitos risueños, y las mamas serían bombuchas vencidas con formas y tamaños similares a las de las frutas que expone en stock tu verdulería amiga del barrio. Inclusive creo que hasta la hora de la revisión médica nos abriríamos en cuatro, con la misma felicidad que nos prestamos a la requisa obligatoria  en un pre recital de nuestro ídolo. Y lo mejor: dejaríamos flamear en paz a la cortina del vestidor, e invitaríamos a la vendedora con sonrisas a opinar sobre la prenda, dentro del cubículo.
La segunda idea que quiero ofrecer, es más bien una moción que puede servirle a mi comunidad: una identificación colectiva. Yo te quiero proponer a vos, mujer gay, que soles evitar la mirada homosexual olfativa, que me hagas el favor de tatuarte la bandera del orgullo en la frente. Y a vos hombre gay, te pido que seas el nuevo Tutankamón gayfriendly. Salí del TOILET y enrollate una gaza rosa sobre tu cuerpo contorneado gracias al reduce panza del Dr. Hané y se la próxima momia gay egipcia. Estas credenciales son eficaces… Vos serías capaz de reconocer a tu nuevo “Verde que te quiero verde” y a mí me ayudarías a evitar mi próximo dolor de cabeza.

Vivo por ella

                                      
                                                     Por Mr. Blue
Lo que voy a escribir es un tanto desagradable, pero está a la par de mi vida. El martes a la mañana, si la memoria no me es cruel, me desperté con la sensación de que me había masturbado. Tenía el cuerpo suelto, sentía una mezcla extraña entre placer y confusión, y mis manos parecían estar agotadas. Sin embargo, no había rastros por debajo de mi cintura de haberme masturbado, pero eso no evitó que sintiera escalofríos. ¿Acaso había tenido una paja sonámbula? Cuando el hombre tiene sueños eróticos no se despierta conmocionado. A lo sumo, nuestro amigo nos saluda de pie, pero no le pidas más moscas. Necesita que vos continúes el trabajo, y mayormente no siento ganas de satisfacerlo al despertar. Pero vuelvo un poco atrás: Sentí escalofríos. ¿Y si me había masturbado como un mono a las seis de la mañana, hora en la que mi madre se retira a trabajar pudiendo haber observado semejante desagradable espectáculo? ¿Y si había gritado palabras en lenguajes desconocidos y desperté a varios? ¿Y si es algo que hago seguido sólo que aquella vez fue más evidente? ¿Y si me raptaron alienígenas con mal gusto, me utilizaron y me volvieron a depositar en la cama alrededor de las diez de la mañana?
Intenté pensar, de todas formas, en qué había hecho antes de irme a dormir. Chatear, terminar unos trabajos, ver unas entrevistas por you tube, usual stuff. No creí que estas cosas pudieran haber ocasionado lo mencionado. Cuando me desperté tuve ganas de salir corriendo y gritarlo. Me sentí violado. Me obligué a no pensar más porque, caso contrario, hubiese terminado yendo a la comisaría a hacer la denuncia. El día siguió, y como todos, terminó. El miércoles me desperté normalmente. Y extrañé la mañana del martes. Pasar de seda a roca es un cambio notorio. Por la tarde, recordé que el martes, en la parada del 126 que me lleva a la facultad, había vuelto a escuchar "Vivo por Ella", aquel tema de Andrea Bocelli (que durante mis primeros años de adolescencia pensé que era la mujer que cantaba) que, más que dedicado a la música, siempre pensé que se lo había dedicado a la pija. Frases como "Desde un palco o contra un muro" "Vivo por ella en un hotel" "Me invita a tocarla suavecita", "Ella a mi lado siempre está", "Cómo brilla fuerte y alta", "Ella canta en mi garganta" y "Ella apaga mi soledad" me invitan a pensar en doble sentido, y también a considerar que esta canción pudo haber incitado a esa sensación.
Analizando, no creo que todos hayan pasado por lo mismo que yo, pero si alguien lee esto y experimentó algo similar, me gustaría que, por más freaky que sea, me lo haga saber para no sentirme solo. No chocaremos nuestras manos porque no corresponde, pero habremos comprendido por nuestros caminos lo poderosa que es la sensación de haber acabado sin haberlo hecho.




sábado, 22 de junio de 2013

¿Feliz invierno?

                                                              
                                     Por Mrs. Pink

Durante el fin de semana largo salió un trabajo. Mentira. Más que un trabajo fue un favor familiar, que en adelante no sé si estoy dispuesta a cumplir, por más que me atropelle el Sarmiento y mi hermano se ofrezca a donarme un órgano. Mientras él viaja por Chile con su pareja y disfruta del paisaje de la Cordillera, yo cuido a su perra, una bulldog, a la que le cuelga al ojo, por un problema en las pestañas que actúan de picana en la retina izquierda y cuya atención demanda que la casa de ambos esté siendo hipotecada para costear su visión… Mientras tanto miro por el ventanal los partidos de singles de los viejos con artrosis en la cancha de tenis cheta de Devoto y me como el kilo de pan casero que hice por primera vez para mí, solo para mí.
…Entonces en vez de llevarla a un canil perruno, me ofreció hospedarme en su casa, con comida que no tengo intenciones de preparar y una suma de dinero, que solamente alcanza para el viaje a Tecnópolis y medio paty  de la parrilla de "Pepe", luego del concierto de Morrissey. No me quejo, algo es algo.
En cuanto al trabajo, es sencillo: Greta, como tres veces al día, hay que ponerle en el hueco tornasolado y purulento, dos clases de gotas unas  cuatro veces por día y  mantener con agilidad los muebles que atropella a lo Mr Magoo, lo que implica una atención y esfuerzo constante, como si el monoambiente fuera el set de rodaje de Universal. Además demanda cariño, comida y juegos. Y yo, que estoy media muerta y media panificada, de tanto que comí,  me dejo arrastrar como una madre complaciente que pasea por Sacoa.
El caso es que durante estas mini-vaciones, alejada de lo que son "mis cosas”, me encontré con la desesperación: la soledad.
Hablar con Mr. Blue de cómo el frío de invierno erosiona la piel y la deja en carne viva, no fue ningún aliciente. El está peor, como si acabara de salir de un incendio con quemaduras de grado seis. Desde la distancia medimos los centímetros de nuestros parches. Siempre el que está peor gana.
Todavía me recupero del incidente de la semana pasada, que tuvo sus efectos en estos días: con la esperanza de que una de las chicas más linda de la facultad fuera de mi mismo TEAM, y alentada por el salame de Mr. Blue, le mandé una solicitud de amistad para intentar un contacto inicial e invitarla a casarse conmigo. No voy a decir lo que decía, pero básicamente el subtexto del mensaje podía leerse claramente: ¿sos gay?, porque te quiero dar… La chica de nombre “E”, contestó veinte mil horas más tarde, con una autosuficiencia llamativa. No era gay, no me conocía y me mandó un saludo sugiriéndome que siguiera bien. Lo que más me dolió es que ella ni siquiera sabía si estaba bien, como para decirme que “siguiera estándolo”.  Me alegré por poca cosa: me dejó como amiga. Después de pensarlo bastante, lo interpreté como si me invitara a ver su vidriera personal, pero con mi billetera extraviada: mirame, pero aunque me mires no me podes tener.  Estuve algunos días como una groupie silenciosa. Tres días después por un comentario subido, me entero que su prima fallece. Me abstengo del pésame para no parecer… pesada… y al día siguiente me elimina. Todavía no sé si por xenófoba, o porque me creyó yeta.
Ahí termina el segundo desamor del año. Feliz invierno.

La memoria es cruel.

                             
                                          Por Mr. Blue
Mi memoria es un bajón. Es más bajón que aquel programa choto que conducía Chiche Gelbung y llevaba ese nombre. Si hoy me preguntás cuánto mido o cuánto peso, no sabría contestarte. Y lo peor es que no es una respuesta que pueda buscar en Google.
Me olvido de la edad que tengo. Cuando comienza el año, asumo que tengo la edad que voy a cumplir, y llegada de la fecha de mi cumpleaños me confundo. Me pregunto en solitario: "¿Cuántos años voy a cumplir? ¿Un año más del que asumo que tengo o es en realidad esta edad que ya digo que tengo desde meses anteriores?". Porque mientras a algunos les asusta en el futuro decir mucho la palabra "coso", a mí me asusta no acordarme de mi nombre. No recuerdo las edades de mis familiares, ni las fechas de sus cumpleaños, y hasta se me dificulta acordarme de las fechas patrias. El día que me hackeron el mail, me volví John Waters para intentar recuperarlo, ya que me envíaban un mail de restablecimiento de cuenta a un correo antiguo del cuál no recordaba la contraseña. Eso nos sucede a todos, ¿no? Aunque no sé si todos siempre usan las mismas contraseñas para todo.
Soy de contar anécdotas varias veces. A una misma persona. Y no me doy cuenta. Me olvido que ya las conté. A veces son amables y me detienen. "Ya la contaste, Mr. Blue". Quedo un metro en offside y me entristece no recordar cuándo fue. En otras oportunidades, como me ven atando hechos pasados con palabras en forma emocionada, me dejan seguir hablando pero resulta más descolorido. Puedo ver que sus caras no dibujan ni una mueca de gracia y miran a los costados como esperando que termine de una vez. Claro, por más fontanarrosesca que sea mi historia, los remates no funcionan cuatro veces.
Pero me veo obligado a divulgar que los hechos más vergonzosos de mi vida, aquellos por los que mataría apretar ctrl+alt+supr, jamás mi memoria se los olvida. Para desgracia mía, siempre están ahí. Cada kiosko con bolones que me cruzo me recuerda a cuando era ñato y me tragué un bolón. Estuve horas pensando que era el último día de mi vida. Cada relojería a la que ingreso me genera reminiscencias a aquella apuesta perdida que me obligó a entrar a preguntarle la hora al empleado de turno, recibiendo una insólita caterva de insultos que aún no figuran en los diccionarios. Cuando veo puestos con descuentos en calzas, me adentro una vez más en la época primaria cuando debí usar esa vestimenta en un acto escolar para personificar a San Martín. Y nobleza obliga, la cantidad de verguenza que tuve es la misma cantidad de comodidad que sentí.
También registro datos insignificantes, de esos que aportan en una charla pero no lo demasiado como para ser destacados. Nombres de actores desconocidos, de jugadores de fútbol fracasados, de tenistas que ya son abuelos, y principalmente, de curiosidades bobas que te pueden llevar a la muerte como "No podés detener un estornudo porque te morís", "No podés mezclar cola con Menthos porque te morís", y "No podés tomar veneno porque te morís". Recibo correcciones constantes cada vez que menciono alguna de estas máximas, y con el correr de los días las voy censurando porque entiendo que no soy lo suficientemente inteligente para hacerme el Dr. House, y callar me hace parecer menos pelotudo.
Mi memoria es engañosa. Me teje telarañas con una frecuencia inacostumbrable. Me duerme en el piso. Me hace convencer de que estoy listo para un parcial, y durante el mismo me suelta la mano. Me viola en los noticieros pero desaparece en las discusiones. Me cansa que me canse tanto. Me falla que me falle tanto. Veré mañana si me acuerdo que le dediqué un escrito y que la hice responsable de todas esas falencias propias de las cuales no me quiero hacer cargo.